Por: Iván Ramírez

¿Por qué tiene tanto poder la industria azucarera en EU? Es el caso típico de industrias protegidas que generan enormes ganancias para los productores con un impacto imperceptible para cada consumidor, que acaba pagando un sobreprecio muy elevado, pero que a fin de cuentas no pesa en sus cálculos presupuestales.

Las enormes utilidades obtenidas por el segmento más eficiente de la industria, típicamente ingenios de caña de azúcar ubicados en sitios de clima propicio para su producción, como Florida, Luisiana, Texas y Hawái, les permiten, a su vez, hacer generosas contribuciones monetarias a las campañas políticas de sus protectores.

Por otra parte, los productores marginales de azúcar, sobre todo de remolacha que se produce en 11 estados de EU, en lugares de clima horrible en invierno como Dakota Septentrional y Minnesota, no generan pingües utilidades, pero ahí se trata de proteger a los trabajadores de una industria que desaparecería sin los múltiples apoyos y protección que les otorgan los políticos a cambio de sus votos. A esto lo llamaríamos primera realidad.

En 2008 cuando prescribieron las restricciones al ingreso del azúcar mexicana a EU los cabilderos de la industria lograron insertar en la ley agrícola el compromiso de las autoridades de comprar cualquier excedente doméstico que se produjera y venderlo para producir etanol a un precio ¡75% por debajo de lo que el gobierno había pagado!

Desde el año pasado los precios mundiales del azúcar se han desplomado de los altísimos niveles que alcanzaron a partir de 2009 debido a la caída en la producción por problemas climáticos, pero los productores de EU quieren proteger sus precios altos, entre otras maneras, cerrando la puerta a las importaciones de México, en expresión coloquial el imperio que controla y establece las reglas a los aliados.

Para nuestro país, con medio millón de trabajadores tanto en la fase agrícola como en la industrial de la producción de azúcar, ver desaparecer exportaciones que este año se estima llegarán a 1.5 millones de toneladas métricas, amenaza con representar un desastre con graves repercusiones fiscales, de empleo y, por lo tanto, políticas. Esta es la segunda realidad.

Es por ello que las autoridades mexicanas han anunciado su intención de negociar medidas alternativas a la del cerrojo de sus exportaciones a EU, como la adopción de cuotas “voluntarias” y otras disposiciones similares, pero es de la mayor importancia que se apresten a tomar represalias si logran demostrar que no hay dumping.

Para complicar la ecuación azucarera, desde que entró en operación el TLCAN apareció el jarabe de maíz de “alta fructosa,” edulcorante artificial más barato que el derivado de la caña y que ha desplazado al azúcar en productos como refrescos, con el agravante que se le achaca ser aún dañino para la salud del consumidor.

México importa de EU entre 450 y 700 millones de dólares de este jarabe según el año, por lo que hay que considerarlo como uno de los productos para imponer las represalias permitidas por los sistemas de solución de controversias, pues la industria maicera también cuenta con poderosos cabilderos en Washington.

Por cierto, ya habrá ocasión de discutir la situación de la industria azucarera mexicana, sus múltiples problemas y su compleja relación con el gobierno que en su tercera realidad y conclusión, no discrepa mucho de la realidad actual que las políticas del país tienen en jaque el azúcar mexicana.

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