Los sismos siempre han estado más allá de nuestro control, pero es que ahora además los provocamos nosotros mismos con nuestra irreflexiva actividad industrial…

A principios de 2017, los geofísicos Gillian Foulger, Jon Gluyas y Miles Wilson, del Departamento de Geociencias de la Universidad de Durham (Reino Unido), publicaron una exhaustiva revisión mundial de todos los terremotos artificiales –aquellos causados no por una sacudida natural de la corteza terrestre, sino por la acción del ser humano.

Y si hay algo que ha sorprendido a los científicos es la variedad de actividades industriales que pueden ser sismogénicas. Como dicen en su informe, “a medida que aumenta la escala industrial, el problema de los terremotos antropogénicos también crece”. Pero no se quedan ahí: “Debido a que los terremotos pequeños pueden dar lugar a otros mayores, la actividad industrial también es capaz, en raras ocasiones, de desencadenar seísmos extremadamente grandes y dañinos”.

Todo comenzó cuando un día nos empeñamos en modificar el paisaje para nuestro propio beneficio. Desde entonces hemos producido numerosos movimientos de tierras, desprendimientos, hundimientos… Pero ha sido durante el pasado siglo cuando ha aumentado drásticamente la intensidad y el número de estos efectos: la minería, la acumulación de agua en presas y embalses, la extracción de petróleo y gas o la producción de energía geotérmica son fuente de terremotos fabricados por el Homo sapiens.

De todas las causas que derivan de la actividad humana, la más importante es la minería, con la que se extraen al año decenas de miles de millones de toneladas de rocas y minerales en todo el planeta. Las minas, además, han dejado de ser superficiales: las de minerales preciosos pueden tener más de 3.000 metros de profundidad y extenderse a lo largo de varios kilómetros desde las zonas costeras al interior de la plataforma oceánica. Las minas modernas, más grandes y profundas, hacen que los terremotos provocados por ellas se vuelvan más frecuentes y peligrosos.

Curiosamente no hace falta profundizar en la Tierra; también basta con levantar rascacielos. En 2005, Cheng-Horng Lin, geofísico del Instituto de Geociencias de la Academia Sínica, de Taipéi (Taiwán), publicó en la revista Geophysical Research Letters que, durante la construcción a principios de siglo del rascacielos Taipei 101 –el octavo más alto del mundo y con un peso de 700.000 toneladas–, se observó un aumento en la sismicidad de la zona.

También los lagos artificiales y las megarrepresas de agua tienen sus efectos, un hecho que quedó trágicamente demostrado en 1967, cuando, cinco años después de haberse llenado el embalse de Koyna (India), con 51 kilómetros de longitud, se produjo un terremoto de magnitud 6,3 que acabó con la vida de unas 180 personas. Y no solo eso; también se ha detectado una actividad sísmica cíclica que acompaña las subidas y bajadas del nivel de agua del embalse. ¿Consecuencia? En Koyna se produce un terremoto de magnitud superior a 5 cada cuatro años.

Del mismo modo, se sospecha que el terremoto de magnitud 8 que afectó a la provincia de Sichuán (China) en 2008 y que mató a unas 70.000 personas, devastó más de cien ciudades y hundió carreteras y puentes tuvo su origen en la cercana presa de Zipingpu, que se había llenado tan solo unos cuantos meses antes. Por otro lado, la gran presa de las Tres Gargantas, también en China, que contiene unos 39.300 hm3 de agua, ya ha sido relacionada con terremotos de magnitud 4,6. En conjunto, y según los investigadores de la Universidad de Durham, unos 170 embalses en todo el mundo generan actividad sísmica.

“La producción de gas y petróleo se ha relacionado con varios terremotos destructivos de magnitud 6 en California”, afirman también los investigadores británicos. Y es que, a medida que se agotan los yacimientos, los esfuerzos por extraer hasta la última gota de crudo convierten las zonas petrolíferas en un peligro sísmico. De hecho, este sector energético, igual que el gasístico, se está volviendo cada vez más sismogénico porque se inyectan líquidos para apurar los últimos hidrocarburos que quedan y eliminar la gran cantidad de agua salada que acompaña al material extraído: es la técnica de fracking o fractura hidráulica.

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