No es novedad el éxito del eslogan de la alianza presidencial ganadora. ¿Quién no recuerda el estribillo de “Juntos haremos historia”?

Lo curioso es que, en efecto, el candidato ganador y “los hombres del presidente” comenzaron a hacer historia al día siguiente de su victoria. Pero la historia no es por el brillo de sus propuestas y lo certero de sus diagnósticos, sino por los disparates del día a día.

Y son de tal desatino los disparates, ocurrencias y berrinches que hasta los aliados del nuevo gobierno empiezan a cuestionar la seriedad, las mentiras, barbaridades y “metidas de pata” en los primeros 30 días.

Incluso, no pocos opinantes pierden el miedo a criticar al futuro Presidente y, de tanto en tanto, tunden a su gobierno con argumentos lapidarios sobre los dislates que salen de la Colonia Roma, que ya no es “la casa de transición” sino que parece “la casa de la risa”.

Y, en efecto, el nuevo Presidente y su equipo hacen historia en temas como la construcción del nuevo aeropuerto, que primero prometieron sería cancelado, luego sometido a una absurda consulta popular –pretensión que fue apaleada por amigos y adversarios–, para que al final prevaleciera un milímetro de sensatez. Expertos serán quienes dirán la última palabra.

Hacen historia con la necedad cada vez más preocupante y costosa de descentralizar secretarías de Estado, lo que rechazaron los propios servidores públicos de no pocas dependencias, además de que la diáspora provocaría un colapso económico en la capital.

Hacen historia demoledores argumentos contra el berrinche presidencial por la contundente investigación del INE. Y, si es incuestionable el lavado de dinero en que incurrió Morena a través del Fideicomiso para los damnificados, resulta intolerable para una democracia que el futuro presidente solape esa irregularidad.

Hacen historia con el grosero culto a la personalidad –altar de por medio y el ofensivo aplauso de reporteros–, como si estuvieran frente al infalible, cuando la realidad derriba casi todas las propuestas de gobierno.

Pero donde la historia es universal es en joyas como la designación de Manuel Bartlett –epítome de la transa, el engaño, el oportunismo y lo más rancio del viejo PRI–, como titular de la CFE.

Y es que la designación de Bartlett confirma que Morena es el basurero de lo peor del viejo PRI; que el nuevo gobierno engaño a todos con el cuento de un cambio y que en la nueva administración no hay lugar para la honestidad y menos para el respeto a los ciudadanos.

Millones de ciudadanos –muchos de ellos votantes de Morena y creyentes de López Obrador–, repudian a Manuel Bartlett y su designación en un cargo del gabinete ampliado. Otros tantos han reconocido que al nuevo Presidente poco o nada le importa lo que piensan los ciudadanos, sean sus colaboradores, sean mexicanos de a pie.

Y es de tal magnitud el repudio que si Obrador busca la historia con el aplauso ciudadano, tiene que despedir ya a Bartlett.

Claro, si le importan los ciudadanos…Al tiempo.

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